Una edición esperada de Balletissimo en el Auditorio Nacional, los días pasados del 27 al 30 de mayo, nos trajo a tres estrellas imprescindibles del ballet actual que, inexcusablemente, se habían excluido de nuestros escenarios.
Aurélie Dupont, Manuel Legris y Uliana Lopatkina. Los primeros, estrellas de la Opera de Paris y, Lopatkina, la principal figura del Teatro Mariinsky -también conocido como Kirov-de San Petersburgo. Entre los demás invitados a la Gala, la primera bailarina del Bolshoi, Mariana Ryzhkina y los Matvienko, Anastasia y Denis, del Mariinsky.
El repertorio bailado no se apartó de lo habitual en estos casos, es decir, varios pas de deux y grand pas al uso en el ballet del siglo XIX y algunas incursiones en coreografías del XX, lo cual no es sinónimo de contemporaneidad ni de cambios de lenguaje significativos, tal y como se corroboró en la mayoría de los casos con la inefable e innecesaria Carmen de los solistas de Kiev.
De cualquier manera, el interés mayor del público se centró, como lo demandaba la ocasión, en los pirouettes, balances y jetés de las estrellas; sin embargo, no todas refrendaron la categoría.
Entre los hombres, Manuel Legris elevó a un rango mayor el papel del partenaire perfectamente ensamblado con su bailarina Dupont y sentó cátedra en categoría y presencia escénica.
Denis Matvienko fue el único bailarín que pudo armonizar la labor de soporte de su compañera en los adagios y arrancar los más sinceros aplausos en sus variaciones y codas. De esta calificación, se excluye a Legris, Kozlov y Kanishin que no bailaron los pasos a dos tradicionales.
Las verdaderas estrellas no necesitaron de balances forzados e inseguros ni de giros a destiempo, Aurélie Dupont y Uliana Lopatkina brillaron por su clase, elegancia, la armoniosa y delicada línea que poseen, una musicalidad a prueba de partituras complejas y la serenidad intrínseca que las verdaderas artistas detentan.
El poder de seducción con que ambas nos atrapan desde su salida a escena no se puede aprender en un salón de clases ni se adquiere con los años. Dupont, muy joven, al comienzo de su carrera, fue la gran sorpresa de la última gira del ballet de la Ópera de París en México cuando al interpretar un Pas de deux de paysans despertó la admiración de quien escribe estas líneas, una imagen que corroboró Aurélie en ésta, su etapa de madurez.
Lopatkina, heredera de Ulanova, sin embargo, se atreve con dos clásicos de Maia Plisetkaia, La rose malade que Roland Petit creara especialmente para ella y La muerte del cisne, un obligado de Maia hasta el final de su carrera y un paradigma en pies y brazos de Anna Pavlova, Alicia Markova, Galina Ulanova e Ivette Chauviré.
Lopatkina logra emocionar con su fraseo ralentado y su musical aleteo. Puede estar tranquila, ninguna bailarina se atreverá con su repertorio sin despertar suspicaces comparaciones.
La mexicana Elisa Carrillo, acompañada del ruso Mikhail Kanishin, ambos solistas del Staatsballet de Berlín, compañía al abrigo de Vladimir Malakhov, puso el toque nacionalista al evento, demostró que en México hay talento: sólo que se debe cultivar apropiadamente para evitar la migración.
El único inconveniente, pese al buen desempeño, las insípidas y grises (a pesar de los rojos de Fanfarre) coreografías que escogieran para bailar en una gala donde correspondía apostar por algo más significativo y trascendente a manera de presentación.
Ars tempo y Arcelia de la Peña, el alma de Balletissimo, siguen apostando por la danza de clase mundial. En diciembre de este año, la propuesta es, de nuevo y por suerte, el Kirov/Mariinsky. Foto Uliana Lopatkina: Petra Bober
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